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lunes, 31 de mayo de 2010

Volverse a ir

Regresaba
-¿Era yo el que regresaba?-
en la angustia vaga
de sentirme solo entre las cosas últimas y secretas.
De pronto sentí el río en mí,
corría en mí
con sus orillas trémulas de señas,
con sus hondos reflejos apenas estrellados.
Corría el río en mí con sus ramajes.
Era yo un río en el anochecer,
y suspiraban en mí los árboles, y el sendero y las hierbas se apagaban en mí.
¡Me atravesaba un río, me atravesaba un río!

Juan L. Ortiz


Y de yapa, Fandermole:

lunes, 3 de mayo de 2010

Chiquito, Carlitos y Diego

"La pregunta es sólo eso, una pregunta. Pero llega como la cuchillada de un foráneo que se permite dudar de una verdad irrefutable en esta ciudad. En la costanera santafesina, sobre avenida Almirante Brown, hay un monumento inmenso al hijo pródigo: Carlos Monzón. Al pasar por el lugar, que tiene una placa en homenaje "Al deportista del siglo", el periodista se permite dudar. El taxista tiene las manos maltrechas por los años y una edad que oscila entre los 60 y los 150 años. "Maestro, ¿fue el mejor de todos los tiempos o hubo alguno que estuvo cerca?", me pregunta. "No sé, pienso en Horacio Accavallo o en Pascual Pérez, que también fueron muy buenos y ganaron títulos mundiales", respondo. La mirada asesina llega por el espejo retrovisor y, por suerte, se ahoga en el Paraná. El hombre sigue calmo, como quien habla con un ignorante. "Claro, hijo. Fue el mejor de todos los tiempos. Era intocable. Nunca nadie le pegó en serio", retruca.

El viaje termina en El Quincho de Chiquito, un mítico restaurante especializado en pescados de río que está sobre la Costanera. "Preguntale a los mozos de ahí, a ver qué dicen", desafía. Entrar a ese lugar es meterse no sólo en la vida de Monzón, sino también de Santa Fe y de la Argentina del último siglo...".

Diego Jemio fue a Santa Fe a cubrir el partido en que Atlético dejó afuera de la Sudamericana a Colón para La Gaceta de Tucumán. Con la nota "Carlitos, el intocable", este tucumano que hace tiempo se instaló en Capital vino a levantar la moral de los oriundos de Tucson ante esta santafesina. Y se ganó un título a la par de dos intocables.
Leela completa acá.

viernes, 5 de febrero de 2010

De carnaval en carnaval

Maru me dice que, aunque a ella no le gustan nada, el carnaval en Montevideo promete y cumple: hay un desfile inaugural, concurso de agrupaciones como murgas, lubolos, humoristas, parodistas y revistas; y que el teatro de verano, donde se ve el espectáculo completo, se llena todos los días.

Y que en todos los días cada uno alienta un bando: la gente vive el carnaval con la camiseta de su murga puesta.

Edson me cuenta que en Brasil el carnaval dispara tormentos de zamba en Río, pero también en Salvador, donde hay Tríos Eléctricos y camiones con grupos musicales afro que la gente sigue; en Recife y Olinda, con Blocos de Rúa y la gente caminando o corriendo atrás, esta vez, de muñecos enormes; y también en Amazonia, que lo festeja en junio y se llama Festival Folclórico de Parintins.

Chío, que en Perú es la excusa para parar, comer, bailar y tomar pisco en Puno, Cajamarca y Arequipa.

Mario que en Colombia el de Barranquilla, con el Diablo con cencerros, es lo más, aunque, pecho inflado de cualquier colombiano que se precie, nombra más. Y Kevin se encapricha con que el de Negros y Blancos de Pasto, en el sur del país, te abofetea de felicidad: cumbia, champeta, mapalé, frito con papa, habas, mazorca, y todo con una sed de aguardiente que nunca se acaba.

Pedro es hincha de los del norte nuestro. Los pueblos de La Quebrada tienen varias comparsas, dice, y un lugar para desenterrar el carnaval. Cada comparsa tiene sus Diablos, que son los que divierten y que también se desentierran. No entiendo mucho la lógica, pero cuando Pedro lo cuenta parece muy interesante.

Y pienso en los carnavales y Santa Fe. Y me doy cuenta de que no puedo contar otra cosa que lo que los santafesinos que lo vivieron cuentan. Y que el carnaval en la ciudad es un relato. Una fantasía histórica y un poco histérica. Una exagerada nostalgia.

Y así me sale el ensayo de una crónica carnavalesca de mi ciudad:

Santa Fe, febrero de 1930. En vísperas del miércoles de ceniza la población anticipa la eclosión. No es porque el cura le estampe una cruz en la frente ni por la promesa de la Pascua de Resurrección. ¡Que embromar! Es que se avecinan la magia, los juegos y la sugestión del carnaval.

Llega el día, y ya por la mañana los jóvenes cargan baldes y bombeadores con agua para salir a la siesta a darle batalla a todo ser viviente que se cruce por su camino. No hay escapista que pueda esquivar la picardía. Rápido, cansados ya de tantas horas de estampida líquida, a secar las ropas y darle los últimos retoques al organdí y el tarlatán, para alistarse y llegar a tiempo a la fiesta en que seguirán mete que moja a todo el mundo.

En la calle principal cuelgan guirnaldas y flores desde los balcones, y hasta los escasos automóviles de capotas descubiertas circulan plagados de adornos con perfumes naturales y señoras elegantísimas. Los más chicos se empujan para conseguir serpentina en los locales del centro. Papelitos y más agua vuelan por los cielos.

Todos paran un momento, ya se escuchan las guitarras, mascarillas y candombes: ¡La comparsa se aproxima! Ya se ven las luces multicolores de las carrozas y viene uno pintado la cara de negro, gorro blanco y traje a rayas. ¡Lo siguen más! Son cientos moviendo los hombros, saltando las patas y dando a las palmas.

Colombinas, amazonas, damas antiguas... Otra carroza sigue el curso candombero hasta La Rioja, pero por General López se ve una llegar. Todos mezclados quieren festejar. Las niñas de sus casas y las chinitas, el joven de buena familia y el del almacén, el de la zona y el de más allá. Menesterosos y pudientes, trabajadores y ‘dotores’, van con el ritmo y el chacoteo atrás del antifaz. Todos los santafesinos juntos se abrazan y ríen en el carnaval.

domingo, 27 de diciembre de 2009

El año se va hasta con una misma

Viste cómo es la vuelta a la ciudad. Vistas con amigas, primos, otros amigos, más familiares, amigos del trabajo, la navidad, lisos casuales en algún bar de la peatonal, el boliche nuevo que abrió frente al río, y ya se viene el 31.
En el cronograma de encuentros hay destinos con privilegio. La casa de mi abuela es uno. Té no gracias, yo hago unos mates, las facturas de la Monserrat y alguna que otra cosita para picar, hasta que a las 7 de la tarde nos sinceramos y sacamos la cerveza.
Yo le pregunto cómo le cae a ella la seguidilla de fin de año después de que el médico le dijera expresamente que, entre otras cosas, cerveza y vino "sólo de vez en cuando". Ella dice que cada vez que toma una se siente mejor. Yo también. Pero no estaría nada mal alguno de esos inventos caseros para evitar la resaca cuando los brindis se amontonan como alfiler en imán.
Mi abuela, que se vive quejando de que se queda sin memoria pero de desmemoriada no tiene nada, va a su cuarto y saca de su cofre de los recuerdos unas notas mías de mi paso por El Litoral. "¿Se puede evitar la resaca?" era el título de una con el que hacía pito catalán al manual de estilo de periodismo de El País -¡nunca preguntar en un título, gilipollas!-. Es del 24 de diciembre de 2007, cuando fui con esa súplica a entrevistar a una nutricionista para que devele cuál es la manera de esquivar esa cosa que provoca mareos, acidez y angustia general; consecuencia clara de ``zafarse'' con el alcohol, con las comidas o el pucho.
Lamentablemente, la respuesta de la licenciada es parecida al método anticonceptivo que pregona la Iglesia: no practicar el mal. Y nadie quiere brindar con gatorade.
No se puede zafar, pero sí se puede entender por qué se tiene que padecer más que los egipcios con las diez plagas después de una noche de festín. Van algunas justificaciones y aclaraciones:
1) Cuando se toma cerveza -o cualquier líquido elemento que contenga alcohol- de más, baja la cantidad de azúcar en sangre que, al eliminarse muy rápidamente, produce una sensación de debilidad y cansancio.
2) El alcohol también provoca que el líquido que se ingiere se elimine como torrente, por lo que el organismo busca el agua en otros órganos y da más sed que beduinos en peregrinación a La Meca. Además, las membranas que recubren el cerebro (las meninges) también se secan y se dilatan los vasos sanguíneos. Entonces... Bueno, está bien: sólo era un intento de darle un contenido científico al conejito de la publicidad de pilas que se te mete en la cabeza dándole al tamborcito a la mañana siguiente de una borrachera.
3) El alcohol no se mata con más alcohol. Dale al té con limón, arrocito, galletitas de agua y esas cosas que recomiendan comer al otro día, justo cuando ya es demasiado tarde para comer liviano.
4) La nutricionista, cual padre cuando el hijo púber empieza a salir, decía que es muy mala la mezcla de bebidas y que nada de Uvita o Sidra Real: ``Procurar que la calidad del alcohol sea excelente y moderada, en lugar de mucha y mala''.
Bué, mientras sigo con mi abuela y mi cervecita, veo que todo esto no sirve de nada. Que este posteo vaya más como un pedido casi desesperado: que alguien dé de una buena vez la receta para evitar la resaca.

domingo, 15 de noviembre de 2009

Un nombre obvio

Crecí en una ciudad donde la mayor parte del año el higrómetro se clavaba en más de 80º. De mi infancia me acuerdo, más que de las siestas en la calle, las leyendas de la solapa, los domingos con los primos, las procesiones, el cine Garay y las polleras a cuadros, de los azulejos verdes-azulados del colegio chorreando más agua que los piletones del Parque del Sur. Y de mis pelos atados –tener rulos en Santa Fe era peor que que te agarre la Juliana con la pollera dos centímetros arriba de la rodilla-.

Con el tiempo otros peores se sumaron a la lista: malos gobiernos, la pobreza que aumenta, el oeste que amontona, los mosquitos inmunes, esas caras conocidas que aparecen en los momentos más inoportunos… Los santafesinos sabemos, sin embargo, que todo eso es cuento. Lo que mata es la humedad. Lo demás, ya lo dije, es historia.