Lasecabocha un día decidió que tenía empezar terapia. Ya había probado con las Flores de Bach y varias opciones de homeopatía. También con yoga, y las variantes hatha yoga, kundalini yoga y pilates, ni bien se puso de moda. No había caso. No podía alejar los fantasmas ni calmar la ansiedad.
"Tengo que asumirlo", pensó. Ya le pesaba demasiado eso de estudiar, depilarse, mantenerse bien, intentar ser buena hija, amiga y estar sola, como para encima asumir un fracaso en la búsqueda de paz interior. Allá fue.
El analista,
joven-morocho-metrosetentaycinco-fornido-broncreado-seguro-cálido, la recibió con los brazos abiertos. Al mes llegaron al punto: Lasecabocha hacía sacrificios descomunales para que la gente le dijera que era un ángel, una divina, un alma caritativa. Para que la quieran, bah.
-Tengo un deseo exacerbado por agradar, ¿entendés?-me dijo por teléfono.
-Sí, entiendo. Pero bueno, es algo natural. Todo el mundo quiere que lo quieran.
-Claro. Pero mi deseo de agradar a los demás hace que me perjudique yo, ¿entendés?
La cuestión de la terapia la hizo reaccionar: antes que querida, auto-amada.
Al tiempo la llamo y le cuento un problema bastante importante. Cortó al instante:
-Mirá, la verdad es que no te quiero ayudar.
-...
-No es que no me interese lo que te pasa. No quiero.
-....
-Yo sé que es difícil. Pero estoy intentando conectarme con mis propias necesidades.
-...
-Me lo sugirió el psicólogo. Mañana tengo que ir.
-...
-¿Qué pasa si voy y le digo que en lugar de darme el baño de sales que tanto estaba necesitando me quedé dos horas hablando de los problemas de una amiga?
Con el tiempo lo entendió. Se dio cuenta de que el deseo de agradar no lo podía superar. Sí podía variar el
objeto en el que
proyectaba ese deseo, dijo.
Como sea, Lasecabocha lo asumió: con tal de agradarle al analista, había optado por desagradarle al mundo. Ahora va a terapia de grupo.